¿Te ha pasado que terminas el día reventada, sin haber hecho “nada del otro mundo”, y aún así sientes que corriste una maratón?
Que un ruido de más, un mensaje sin responder o un plan que se cambió a última hora te dejan con el cuerpo en alerta, como si algo grave fuera a pasar.
Que la gente te dice “tranquila, no es para tanto”… y vos por dentro pensás: para mí sí lo es.
Respira. No estás exagerando. Y mucho menos estás dañada.
Lo que te pasa tiene nombre, tiene explicación y, sobre todo, tiene salida.
Tu sistema nervioso: el guardaespaldas que nunca descansa
Imaginate que dentro de vos hay un guardaespaldas. Su único trabajo es mantenerte a salvo. Para eso vive escaneando el entorno: ¿hay peligro?, ¿estoy segura?, ¿puedo bajar la guardia?
Eso es, en palabras simples, tu sistema nervioso autónomo. Y tiene básicamente dos modos:
- Modo alerta (el acelerador): corazón acelerado, músculos tensos, mente que no para. Listo para pelear o salir corriendo.
- Modo calma (el freno): respiración suave, cuerpo relajado, sensación de “aquí estoy bien”.
En una vida ideal, vamos pasando del uno al otro con naturalidad. El problema es que muchas personas —sobre todo las altamente sensibles y neurodivergentes— tenemos un guardaespaldas que casi nunca apaga el modo alerta.
No porque estemos mal hechas. Sino porque sentimos más, percibimos más y procesamos más. Tu sistema simplemente está trabajando horas extra.
“Regular” no es estar calmada todo el tiempo
Acá viene el malentendido más grande, y quiero romperlo de una: regular tu sistema nervioso no significa andar zen, sonriente y en paz las 24 horas. Eso no existe, y quien te lo venda te está mintiendo.
Regular es otra cosa. Es tener la capacidad de volver.
Volver a la calma después del susto. Volver a tu cuerpo después de un día caótico. Volver a vos cuando el mundo te empujó hacia afuera.
No se trata de no activarte nunca. Se trata de no quedarte atrapada en la activación. De que la alerta sea una visita, no una inquilina que se quedó a vivir.
Por qué la fuerza de voluntad no te alcanza
Seguro lo has intentado todo: respirar hondo, pensar positivo, “relajarte”. Y nada.
Es que el sistema nervioso no entiende de regaños ni de discursos motivacionales. No se calma porque le digas “ya, cálmate”. Se calma a través del cuerpo, de la seguridad y de la repetición.
Por eso en mi trabajo no te lleno de frases bonitas. Trabajamos desde tres lugares:
- La neurociencia, para que entiendas qué te pasa y dejes de pelearte contigo misma.
- El cuerpo, porque ahí vive la regulación, no en la cabeza.
- El arte, porque cuando las palabras no alcanzan, el color, el trazo y el movimiento sí llegan.
Un primer paso para hoy
No te voy a dejar con la teoría nomás. Hacé esto la próxima vez que sientas el cuerpo en alerta:
Pará un segundo. Apoyá los dos pies en el piso y sentilos de verdad. Mirá a tu alrededor y nombrá, en voz baja o por dentro, tres cosas que estés viendo. Las que sean: una taza, la luz, tu propia mano.
¿Qué hace esto? Le avisa a tu guardaespaldas: “Estamos aquí, en el presente, y estamos a salvo.” Es pequeño, sí. Pero la regulación se construye así, de pausas pequeñas y conscientes.
No tienes que hacerlo sola
Si leyendo esto sentiste que por fin alguien le puso palabras a lo que vivís todos los días, quiero que sepas algo: no estás rota, no estás exagerando, y definitivamente no estás sola.
Tu sensibilidad no es un defecto que haya que corregir. Es una forma distinta de habitar el mundo, y se puede acompañar.
Si querés aprender a regularte de verdad, sin fórmulas mágicas ni positivismo de cartón, estoy acá.
Con C, siempre.
